Relatos

Das Fenstergeist

Cuando estuve destacado en el puente del Lyss era sólo un cabo, más bien atocinado, que contaba días que le quedaban para licenciarse. Aquella guerra se volvía más extraña cada neblinoso día que pasaba; los informes de Inteligencia eran vagos, los mandos no soltaban prenda y los veteranos no hacían más que meter miedo con historias sobre los pocos cadáveres (propios o ajenos) que el enemigo dejaba atrás y sus cuentos de escaramuzas pasadas. Sabíamos que Rusia y España se habían unido a la Alianza Continental y eso era bueno, pero la sombra del conflicto y el clima gris y húmedo de aquella parte de Bélgica y sofocaban cualquier resquicio de optimismo. Deseaba con todas mis fuerzas alejarme de todo aquello.

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Relatos

El vacío entre las estrellas

Llevo toda la tarde aquí sentado, repasando absurdamente cada palabra. Como si fuera a sacar de ellas algo más que lo que dicen alto y claro.

“En silencio, por un momento, en medio de mi vida.
En la mano derecha la postal de mi adolescencia tardía. Los primeros encuentros. Ilusiones afines. Descubrimientos a dos bandas. Tú y yo, y luego, si acaso, los demás.
A la espalda una vida fuera de ti. La conciencia de nuestros caminos. La acumulación de experiencia y lecciones.
A la siniestra, las gemelas: Espera y Esperanza.
Y frente a mí, la vida como una rueda llena de números rojos y negros. Unos ajenos, otros conocidos, algunos imposibles.
¿Cuándo el mío? ¿Cuándo el nuestro?”

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Relatos

Un demonio y una sonrisa

Ya sólo vuelo cuando sueño. Así que duermo todo lo que puedo y me molesta que me despierten. Cosa que descubrió por las malas la azafata de Spanair cuando llegamos a Tenerife. No era un viaje que me apeteciera hacer, pero mi informador aseguraba que Veléz se había asentado en la isla y yo necesitaba a ese demonio. Pensé que conociéndolo no sería difícil localizarlo.

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Relatos

Noche de Paz

Las nubes formaban un mar de algodón bajo los dos cazas.

– Control. Aquí patrulla 42. Cubierto el tercer segmento. Completamos dos más y volvemos a casa. Cambio.

– Recibido Decker. La patrulla 41 informa de un avistamiento. Plumas blancas varios kilómetros al norte de su perímetro. Avanzando hacia el oeste. Estad atentos. Cambio.

– Recibido control. Cambio y corto -abrió el canal de radio con el otro piloto y relajó el tono-. ¿Lo oíste? ¿Puede que tengamos fiesta?

– Ojalá que no. La única fiesta que quiero esta noche es una buena cena y dormir. Asco de Navidad.

– ¿Navidad? No jodas hombre. Eso se acabó cuando empezó la guerra. ¿A quién coño le importa ya esa mierda?

– Si bueno, cuesta quitarse la viejas costumbres.

El silencio cayó sobre los pilotos mientras revisaban los instrumentos. La luna pintaba de azul las nubes y recortaba sobre ellas la forma triangular de los cazas. Decker tosió para anunciar su entrada en el canal de radio.

– Oye, ¿Por qué te llaman King?

– Es una tontería de los chicos de pelotón. Antes de la guerra, parece que hace siglos, era escritor. Publiqué algunos libros. En la formación uno se enteró, empezaron a llamarme Stephen King en plan cachondeo y al final me quedé con el apellido de apodo.

– Bueno, podrías haber acabado peor. Podría estar patrullando con “Etxebarria”. Imagínate. “Patrulla 42. Decker y Etxebarria”, suena fatal -los dos rieron-. ¿Sabes de dónde sale el mío?

– Sí, algo he oído.

– Pues ya sabes. Si alguna vez quieres comprobarlo…

– Lo siento, me van las tías.

– Oh, una pena -el canal volvió a quedar en silencio, algo tenso.

Pasaron un rato así. King miraba a través de los cristales de la cabina más que a los mandos. Fuera las nubes de algodón azul se difuminaban en el horizonte para mezclarse con la negrura salpicada de estrellas. Un horizonte que por la altitud y la perspectiva parecía estar muy cerca. “Todo se ha vuelto del revés. Antes estaba más lejos.” Un pitido lo devolvió a la realidad.

– Atento King. Desconectamos pilotos automáticos. Tenemos una corriente de los Alisios desde el noreste. Y mira lo que nos ha traído. Casi dos mil metros por debajo de nosotros.

King ajustó los instrumentos y examinó el radar.

– ¡Tres plumas blancas!

– ¡Exacto! Y el eteroscopio dice que sólo uno lleva cápsula de vuelo. Son muy débiles. Puede que sea un entrenamiento.

La imagen de la cámara inferior del caza era mala, pero los Alisios habían desgarrado el mar de nubes y ahora la luna recortaba las formas aladas volando por debajo en formación triangular. Ángeles. El enemigo. “Todo se ha vuelto del revés”. King comprobó las lecturas.

– Sí, sólo uno lleva cápsula. Pero otro de ellos está sudando mucha energía. Puede que estén en vuelo de entrenamiento, pero no son débiles.

– Si intentamos llamar al control desde tan cerca nos oirán -Decker ignoró la advertencia, sonaba excitado.-. Y tampoco los podemos dejar dentro del perímetro. ¿Cuantas muescas tienes en el revolver King?…

– No. Es Navidad -sabía lo que venía-. Podemos alejarnos, informar y…

– Yo llevo trece, que es un numero feo. El 16 es mucho más bonito…

– Sargento, no creo que sea la mejor idea. Aún están dentro del área de efecto de las balizas, si control lo autoriza podemos desplegar una nube de oricalco…

– No podemos llamar a la base. Nos oirían -Decker endureció el tono-. Vamos a hacer una maniobra de candado…

– Decker, por favor. Es Navidad.

– Es una orden. Maniobra de candado. Seguramente sólo pueda seguirme el de la cápsula -mientras hablaba su caza se replegó haciendo una maniobra de tonel para alejarse y ponerse a la altura adecuada-. Encárgate tú de los pequeños. Luego ven a ayudarme con el otro. ¿Entendido?

– Sí, señor.

Los minutos hasta que estuvieron en posición fueron eternos. En el monitor las formación enemiga batía alas con el viento de costado, pero manteniendo la formación. King se removía en el asiento.

– Listo. Empiezo aceleración en tres.

Dos segundos más tarde el caza de Decker se lanzaba hacia la barrera del sonido. La rompió una vez, dos veces, antes de pasar a menos de cincuenta metros de la formación enemiga. Mientras, King picaba hacia el objetivo. Los ángeles sin cápsula salido despedidos por el golpe de aire, pero el que iba en cabeza casi no desvió de su rumbo y reaccionó al instante. Se giró hacia los otros, hizo un gesto y se lanzó tras Decker.

– Cierra rápido. Acaba de ponerles cápsulas de vuelo.

Era cierto, se podía ver el resplandor alrededor de los dos ángeles que intentaban recuperar el control mientras caían. La computadora fijó los objetivos. Ya los tenía a tiro. No sabían lo que se les venía encima. Sólo tenía que pulsar el disparador. Era cuestión de décimas de segundo. Tenía que hacerlo. Ya.

El caza pasó entre los objetivos sin abrir fuego.

– Lo siento señor. No puedo matar un ángel la noche de Navidad.

—— Continua en Noche de Guerra——