Cuando estuve destacado en el puente del Lyss era sólo un cabo, más bien atocinado, que contaba días que le quedaban para licenciarse. Aquella guerra se volvía más extraña cada neblinoso día que pasaba; los informes de Inteligencia eran vagos, los mandos no soltaban prenda y los veteranos no hacían más que meter miedo con historias sobre los pocos cadáveres (propios o ajenos) que el enemigo dejaba atrás y sus cuentos de escaramuzas pasadas. Sabíamos que Rusia y España se habían unido a la Alianza Continental y eso era bueno, pero la sombra del conflicto y el clima gris y húmedo de aquella parte de Bélgica y sofocaban cualquier resquicio de optimismo. Deseaba con todas mis fuerzas alejarme de todo aquello.

Lo que no podía imaginar era que lo haría flotando río abajo la noche que el enemigo apareciera, sin previo aviso, en el extremo del puente. Desperté al día siguiente tres kilómetros al oeste del campamento, con un tiro de poca importancia en el costado y calado de miedo hasta los huesos. Sin considerar siquiera el volver a comprobarlo, asumí que era único superviviente de la unidad. El ataque había sido feroz. No supinos nada hasta que oímos los gritos de Smithie y Collins, que estaban apostados en nuestro lado del río. Todo lo demás fue una locura de disparos, quejidos y ordenes gritadas a la oscuridad.

Corrí sin rumbo por el bosque durante días. Estaba en terreno enemigo y sólo pensaba en mantenerme alejado de los soldados del führer que, aunque nunca encontré una patrulla de día, volvían noche tras noche para acosarme en sueños cuando cenaba feliz en casa de mis padres o me divertía con los viejos amigos por los pubs del Picadilly.

Sólo cuando se me acabaron los paquetes de carne seca que llevaba y la herida del costado empezó a reclamar más atención que una petaca de coñac y vendaje decidí a acercarme a algunos de los pequeños pueblos que salpicaban la región. Los primeros que encontré estaban vacíos de vida. Es una expresión rara, lo sé, pero esa es la impresión que me daban. Los observé en sigilo desde el linde del bosque, buscando algún rastro del enemigo, pero no había nada, ni soldados, ni habitantes, ni animales. Casas con ventanas y puertas cerradas y una extraña calma fúnebre fue todo lo encontré. Ni los animales salvajes se acercaban a las calles. Y en el estado en que me encontraba aquello era razón más que suficiente para hacer lo mismo. Buscaba, necesitaba, un ápice de normalidad, una chimenea humeante o unos niños corriendo.

Rondando los pueblos fue como encontré el convoy. Un camión escoltado por dos vehículos militares salía de una aldea, moviéndose lentamente en mi dirección por la carretera que estaba bordeando, no tenían prisa y procuré no darles ninguna razón para tenerla. Corrí hacia el interior del bosque y me lancé al barro tras unos matorrales. A pesar de la distancia y el follaje pude ver el contenido del camión cuando llegó a mí altura. Eran cuerpos desnudos. Asomaban desmadejandos por encima del volquete, un amasijo de extremidades salpicado de color donde una cabeza o un pubis quedaban expuestos. Me quedé allí paralizado hasta que los perdí de vista, notando como la cobardía me empapaba las perneras. ¿Para qué quería el enemigo los cuerpos de toda aquella gente? ¿Estarían ahí mis compañeros del puente?

Lo que se levantó de entre los matorrales ya no era un soldado, era un desertor. Tenía que salir de allí, en algún lugar al noroeste estaba el mar. Me desharía del uniforme y llegaría a la costa para buscar alguna forma de llegar a una orilla amiga y al infierno con todo. La aldea de la que había salido el convoy me pareció la mejor opción, si acaban de salir no tenían por qué volver. Corrí hacia allí con las fuerzas que me quedaban.

Para mi sorpresa encontré las puertas y ventanas abiertas, como en las anteriores no había nadie pero al menos ese detalle enrarecía algo menos el ambiente. Fui directo a la casa más grande y busqué la cocina. Después de media hora untando pan en todo los botes de conservas que encontré me di cuenta de que no había revisado la casa, me quedé en silencio escuchando los ruidos de la madera del piso superior y el viento de entraba susurrando por las ventanas. Cuando decidí que no había nadie, enfundé el arma y volvía a dedicarle toda mi atención a los embutidos que colgaban de la pared.

Un rato después, rebuscando en los armarios del piso de arriba oí la puerta principal. Me encogí en el sitio y me acerqué a hurtadillas hasta el hueco de la escalera. Alguien andaba de un lado a otro cerrando las puertas y ventanas del piso inferior, los pasos se arrastraban pesados, no parecían de un soldado, “un carroñero” pensé, todas las guerras los tienen. Encañoné la boca de la escalera y dejé que se acercara. El hombre que apareció en el umbral era casi un cadáver, delgado hasta el hueso, pelo escaso y unas ojeras marcadas más allá de toda recuperación. Cuando le di el alto me miró asustado y empezó a gemir. Por un momento sólo se oyó el siseo de las ventanas animadas por un viento invisible y entonces el extraño pidió clemencia en perfecto inglés. ¡Era inglés! Me identifiqué como un soldado perdido y le dije que no le iba a hacer daño, casi se deshizo en mis manos agradecido. La conversación que tuvimos después en la cocina no fue alegre, pero resultó ser el bálsamo que mi ánimo necesitaba. Me dijo que era de Cardiff y que justo cuando el enemigo entró en tromba en esta parte del país él estaba supervisando unas construcciones cerca de Brujas, era aparejador. Llevaba semanas vagando por la región, de pueblo en pueblo cerrando puertas y ventanas (pensé que eso era imposible sin que el enemigo lo hubiera encontrado, pero tampoco me iba a poner a discutir con un galés en esas condiciones). Cuando le pregunté, un tanto jocoso, que para qué hacía eso me respondió, con más aplomo del que había demostrado hasta el momento y un brillo maniaco en los ojos, que “…por la misma razón que cerramos los ojos de nuestros muertos. Esas casas son cadáveres. Alguien tiene que hacerlo”. Y hasta ahí la conversación y mi bálsamo. Cruzamos algunas palabras más y cuando volví a piso de arriba a buscar algo de ropa para sustituir mi uniforme él salió para terminar su “trabajo” en la aldea.

Estaba pensando en lo que me había dicho cuando escuché los motores fuera. Por una ventana entreabierta vi que eran cinco motos con sidecar, se habían detenido cerca de la entrada de la aldea. Eran soldados enemigos y al parecer habían visto al galés en una casa cercana. Dos de ellos, con chubasqueros de plástico negro y las armas en ristre, ladraban órdenes en alemán a la fachada mientras el resto se esparcía por los alrededores. Al no recibir respuesta uno se acercó a la puerta, pero antes de que llegara a tocarla todas las ventanas y puertas de la casa se abrieron y cerraron al mismo tiempo en una décima de segundo. El golpe de las hojas de haya maciza provocó un extraña percusión al extenderse por las habitaciones vacías. El soldado retrocedió unos pasos, llamo al resto y el oficial que se había quedado junto a las motos les gritó algunas órdenes. Mi alemán no era muy bueno entonces, pero me bastó para entender que tenían que darse prisa. Estaba pensando qué podía hacer para ayudar a mi compatriota, y las posibilidades que tenía de salir de aquella con o sin él, cuando el primer soldado intentó entrar en la casa a por el aparejador.

El soldado no llegó a poner el segundo pie dentro de la casa, en mitad del umbral la puerta se cerró de golpe sobre él, una y otra vez, masticándolo literalmente hasta que consiguió acomodarse de nuevo en el marco. Varios soldados dispararon contra la puerta maldiciendo e insultado. El oficial ordenó a gritos que asaltaran la casa. Varios solados abrieron las ventanas a golpes para hacer lo propio. Con el mismo resultado macabro. Los batientes exteriores y las hojas acristaladas del interior se lanzaron contra los intrusos, machacando a los que no consiguieron apartarse con una fuerza inhumana. Los supervivientes gritaron y dispararon en un instante de absoluto caos y luego todas las casas imitaron el gesto de la primera. Incluso la ventana en la que me ocultaba se dio una sacudida exponiéndome durante unos instantes, caí al suelo medio por la impresión medio por apartarme del marco. Aquella percusión retumbó sobre mí y por entre las casas como una advertencia.

No intenté levantarme. Desde allí oí como cesaban los disparos y al oficial gritar más órdenes. Otra vez sólo entendí palabras sueltas, fuera lo que fuera lo que habían venido buscando ya no les interesaba. Se iban. Mientras se alejaba el ruido de los motores me quedé intentando descifrar la palabra que el oficial había usado varias veces: Fenstergeist. Espectro de las Ventanas.

Allí tendido, con el ritmo cardiaco aún desbocado por el ápice de aquella percusión que seguía retumbándome en el pecho, decidí que no podía desertar. Todo aquello era mucho peor de lo que nunca pudiera haber imaginado, en aquella penumbra comprendí que el Quinto Reich no quería ganar la guerra, lo que pretendía era arrastrarnos a todos al infierno y si eso ocurría ¿Qué le esperaba a la gente que había dejado atrás? A lo lugares que había dejado atrás ¿Qué le esperaba la casa de mis padres o a los pubs del Picadilly? ¿Convertirse en espectros resentidos y vacíos de vida?

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Un comentario en “Das Fenstergeist

  1. Este es otro de esos textos a los que le tengo mucho cariño, a pesar de que me parezca deficiente. Con este, otros escritos y otros aún por escribir acabaré haciendo una galería de monstruos. Mi “Monstruario”.

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