Llevo toda la tarde aquí sentado, repasando absurdamente cada palabra. Como si fuera a sacar de ellas algo más que lo que dicen alto y claro.

“En silencio, por un momento, en medio de mi vida.
En la mano derecha la postal de mi adolescencia tardía. Los primeros encuentros. Ilusiones afines. Descubrimientos a dos bandas. Tú y yo, y luego, si acaso, los demás.
A la espalda una vida fuera de ti. La conciencia de nuestros caminos. La acumulación de experiencia y lecciones.
A la siniestra, las gemelas: Espera y Esperanza.
Y frente a mí, la vida como una rueda llena de números rojos y negros. Unos ajenos, otros conocidos, algunos imposibles.
¿Cuándo el mío? ¿Cuándo el nuestro?”

Con esas palabras escritas detrás de una foto de cumpleaños acaba nuestra relación. Vuelvo a encontrarme en la casilla de salida, por enésima vez. Y ahora con el sabor de la decepción amargándome la boca.

Cuando al fin desaparece el sol, tras el irregular horizonte que forman los edificios, empiezo a desnudarme a oscuras. Hay recuerdos por todas partes y no quiero que nada me distraiga de la decisión que he tomado. Procuro incluso aspirar el aire por la boca para evitar de los aromas que rondan por los rincones de la casa. Ando desnudo hasta la puerta repasando todas las promesas vacías de estos últimos diez años. La desatranco, salgo a las escaleras, y antes de cerrar lanzo las llaves dentro. Directas al espejo decorado que sé que hay en el fondo del pasillo. El sonido de un buen recuerdo haciéndose pedazos no resulta tan reconfortante como esperaba.

Bajo las escaleras sin prisa repasando de nuevo mi trayectoria. No puedo dejar de hacerlo. Recuperando sus nombres para enunciar sus pecados: Félix, Raquel, Jesús, Martín, Yanira, Rubén… cuanto egoísmo, cuanta inseguridad. ¿Puedo culparlos por eso? No, en realidad. Pero sea como sea el dolor sigue ahí. Salgo a la calle iluminada metro sí, metro no, por unas farolas cabizbajas  que parecen tan cansadas como yo.

Enfilo el ajetreo de gente que hay a lo lejos, al final de la línea discontinua de farolas. Voy leyendo por última vez las malditas palabras. Ya no importa lo que significan. Las comparo con las otras últimas palabras que llevo guardadas y aprieto el paso. Traigo sus caras, el brillo de devoción que iluminaba los ojos de algunos, las sonrisas enigmáticas, la lujuria, la belleza de Félix o Lidia, las promesas, los proyectos y por supuesto las poesías de Rubén.

A medida que me acerco a la calle principal me voy cruzando con más y más gente. Algunos se ríen, hacen comentarios y hasta me lanzan algún grito. Ya camino muy deprisa antes de llegar a la muchedumbre que va de un lado a otro en la enorme e iluminada calle. Y cuando me encuentro entre ellos, dejo caer la foto y emprendo la carrera.

Al principio corro para dejarlo todo atrás, pero a medida que tropiezo con la gente el sprint se convierte en una catarsis. Corro tan rápido como puedo, ignorando el dolor de hacerlo descalzo. Quiero llegar a mí objetivo y todas esas personas no me dejan. Ya no importa nada. Los empujo, les grito y les digo todo lo que quise decir y no pude, o dije y no sirvió para nada. A medida que me acerco a mi objetivo las zancadas son más largas y los gritos más ininteligibles.

Cuando diviso el puente ya sólo soy un loco que corre desnudo y grita forzando las cuerdas vocales tanto como las rodillas. La gente ya no me estorba, se apartan del camino. El último pensamiento, antes de rebasar de un salto la barandilla, es el venenoso deseo de que todos esos que me están viendo sepan que algo va mal, que su sistema no funciona.

La caída resulta ser rápida y confusa. Pero antes de que el cuerpo estalle por el impacto con un tremendo crujido yo ya he conseguido aferrarme a un haz de gravedad. Y sigo bajando, alejándome de la cáscara de carne que no ha conseguido atravesar el asfalto.

 El repentino cambio resulta abrumador. Me aferro al haz de guía mientras me sobrepongo. Lo primero que echo en falta es el rítmico bombeo del corazón, que tan molesto me resultó al principio. También el reflujo de sentimientos y la culpa. Recupero poco a poco el sentido de mi propio ser.

Cada vez más metros me separan de la caótica química humana y me siento liberado. Cuando estoy a la profundidad adecuada dejo el haz y lanzo un pulso para localizar la cápsula. La respuesta es inmediata pero me tomo mi tiempo para llegar hasta el origen. Atravieso varios cientos de metros hasta un túnel del metro determinado. Un nuevo pulso bioeléctrico reactiva los nanobots que dejé aquí hace diez años. Salen de entre el polvo de las paredes y me cubren para formar el capullo espacial.

En la seguridad de la nave me concedo unos minutos para ordenar mis sentimientos y empezar a escribir este informe preliminar. Programo el trayecto en la malla cognitiva de los nanobots y me dispongo a volver a casa. La cápsula empieza a quemar el oxígeno del túnel, y en décimas de segundo atravieso el complejo subterráneo como una onda de energía casi invisible. Salgo disparado por una boca de metro y comienzo una trayectoria de salida orbital.

Estas líneas las empiezo a escribir cuando la cápsula acaba de abandonar la esfera exterior terrestre. Espero que, contrastadas con el informe que añadiré al salir de la hibernación, sirvan para ilustrar mi conclusión: la humanidad, aunque dispone de un nivel tecnológico mínimo adecuado, la curiosidad necesaria y una inteligencia potenciable, está aún muy lejos de saber amar.

Por ello mi recomendación es que un contacto a gran escala sea evitado de momento. Aunque han de continuar siendo monitorizados.

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7 comentarios en “El vacío entre las estrellas

  1. Este texto es bastante moñas.. pero le tengo un cariño especial. Lo escribí hace mucho mucho, lo revisé y reescribí hace mucho y sigo encontrándole algo…. ¿os habéis dado cuenta de que la poesía no tiene ningún verbo? … je, fue un ejercicio para un taller de escritura creativa que luego acabó en esto 😉

  2. Hola, Sergio.
    Me ha gustado el relato pero no sé si he captado todo lo que el autor pretendía. 🙂
    Veo que tiene dos partes bien diferenciadas. A mi personalmente me gusta más la primera, quizás porque la segunda creo que no acabo de entenderla. Tengo dudas porque pensé al principio que era la historia de una ruptura (hablas de dos), pero luego no entiendo la enumeración de personas que añades.
    La transición entre la primera y la segunda parte me ha despistado, ¿se pasa de un suicidio a qué?, el tema de la nave y la cápsula me han sacado.
    Aunque todo el relato es en primera, me da la sensación de que son dos voces diferentes, ¿no? dos personajes. Ya me lo aclararás.
    Me gusta tu inicio, es potente y rotundo, e invita a seguir leyendo.
    Nos leemos. 🙂
    SalyTierra (http://salytierra.wordpress.com/)

    1. primero, gracias por pasarte y comentar. me alegro de que haya gustado al menos una parte del texto ^^

      sí, puede que el relato sea un poco complicado. la historia viene a ser la de un extraterrestre que está en la tierra para evaluar nuestra capacidad para amar. después de una última ruptura decide acabar la misión y volver con un informe negativo. el suicidio es la forma de separar su conciencia del cuerpo físico. puede que haya sido un poco pretencioso al intentar meter un concepto tan complicado en un texto tan corto, pero weno, vamos aprendiendo 😉

      un saludo

  3. Acabo de leer el texto y, en este caso, coincido con salytierra.
    Veo dos partes diferenciadas, la más “terrenal” o real y la de “ciencia ficción”. Me estaba pareciendo un relato increíble, superduro, con mucho potencial en cada frase. Estaba siguiéndo la pista del que lo relata casi sin parpadear. Lo de irse de casa desnudo me parece genial, hace que te atrape la escena (aunque también te digo que estaba todo el rato pensando en si iría descalzo y estaba sufriendo por él; luego me lo confirmas más adelante, jeje)
    Me encanta el tratamiento que le das al paso de la vida a la muerte, las sensaciones, las descripciones son muy sensitivas, peeero… luego todo empieza a difuminarse y noto como un cambio brusco que me hace pasar de lo etereo a lo tecnológico en muy poco espacio y me cuesta entender qué está pasando. Al final todo tiene sentido, pero quizá es tarde ya porque yo como lectora me siento fuera del relato con mil preguntas en la cabeza. La idea es muy buena, pero este desarrollo hace que nos despiste a los lectores (al menos a mí) y no nos enganche el final.
    Tienes frases muy buenas como “unas farolas cabizbajas que parecen tan cansadas como yo.” Me gusta el estilo y que lo relates en primera persona.
    El título me parece muy sugerente. Es un buen trabajo salvo por el final que lo enturbia un pelín y hace que sólo se pueda apreciar el argumento en su conjunto cuando lo terminas.
    Un saludo!!!

    1. vale, con dos opiniones cualificadas en el mismo sentido tendré que asumir que algo falla ;). puede que la transición hacia la resolución final sea muy rápida, podría endulzar esa píldora. la revisaré a ver qué se me ocurre. gracias por pasarte Virginia.
      una abrazo. nos leemos!!

  4. ¡Sergio! Lo tengo pendiente, no creas que no, per ando saliendo de clase a estas horas y exprimiéndome el cerebro para escribir mil historias que a ver cómo acaban.
    En breves leo a conciencia y comento con dignidad. Prometido 🙂

    1. ni te preocupes, cuando tengas tiempo y te apetezca le echas un ojo 😉 … de todas formas, con los comentarios de Salytierra y Virginia a lo mejor me pongo y reviso la parque que mencionan
      nos leemos!

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