Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. Los chicos de la oficina se habían ido de copas al Chuchitril de Joe y me habían invitado. Pero me dolían las seis patas después de un día de trabajo infernal, así que me disculpé y les dije que me retiraba. Al cuerno la Nochevieja.

En el portal recogí el correo: facturas, un catálogo de alguna tienda sueca de decoración y el ejemplar del mes de Playracha. Lo dejé todo sobre una silla al entrar en el apartamento, por no tirarlo directamente al contenedor de reciclaje.

Empecé a darle vueltas al concepto mientras me desvestía. Mí vida necesitaba un reciclaje urgente. Sí, tenía un buen trabajo, no como el abuelo que se había reventado a trabajar en las minas de plutonio hasta perder el color, pero me aburría. Vivía en Nueva York, en un piso propio, pero estaba abarrotado de recuerdos. Un montón de números viejos de la Rotting Stone, de cuando estaba en el grupo. Phill and the Heartbreakers. Parecía que hacía siglos de aquello. Posters de las películas que me gustaban cuando era poco más que una larva: Blatteo Jones en Busca del Contenedor Perdido, Splotchdance… Y decenas de portarretratos, agazapados sobre cada superficie lisa, que me recordaban lo terriblemente ordinaria que había sido mí vida.

Me solté la antenas de detrás del cuello, quité el prendedor que hacía que las alas se me mantuvieran cruzadas al estilo diplomático y me fui a la nevera. Por pura inercia acabé sentado delante del televisor, cerveza en mano, dispuesto a dejar de pensar un rato… no sirvió de nada.

Y tampoco era que me sintiera solo. En el contestador automático habían mensajes de gente que se interesaba por mí. De mamá, para saber si me había quedado bien el jersey que mandó por mí cumple. Éramos casi ochenta hermanos, y claro, cabía la posibilidad de que no me hubiera llegado el de mí talla. Stacy, que quería que nos volviéramos a ver. Cosa que no iba a suceder, porque no me convencían sus antenas recortadas y teñidas de fucsia. Y Bob, el (trepa) de administración, que quería saber cuando íbamos a quedar para jugar al paddle. Vale, sí que me sentía un poco solo

Todas estas tribulaciones me llevaron al porno, como de costumbre. Apagué la tele y cogí el ejemplar de Playracha. La Materacha de Enero me miraba desde la portada, insinuante. “¿Quién es la cucarachita caliente de este mes?” dije para mí mismo mientras desplegaba el poster central: Lucy, en todo su estilizado y brillante esplendor. Fotografiada delante de un espejo que dejaba ver el corte perfecto de sus alas, ligeramente separadas para enseñar el bajo abdomen. Lúbrica.

Y entonces, mientras me empezaban a temblar las mandíbulas de excitación, el mundo comenzó a sacudirse. Los libros y los portarretratos caían de las estanterías, el televisor dio un bote y estalló contra la moqueta. Una fuerza sobrenatural me mantenía pegado al sillón. No podía moverme, sólo gritar y gritar en medio del caos. Hasta que de pronto los dos salimos despedidos hacia atrás. Ni las paredes fueron un obstáculo. Muro tras muro atravesé el apartamento de los Señores Durán, los pensionistas de al lado y el baño de Sarah, la solterita del otro lado del rellano, hasta salir volando por la fachada del edificio. El sillón cayó a la calle y yo seguí rumbo al cielo nocturno. Era una locura sin sentido. Aquella fuerza tiraba de mi hacia el espacio. Las antenas me fustigaban la espalda y no podía detener las sacudidas de mis alas, creo que hasta perdí una de las menores. Atravesé la nubes hacia un haz rojo y seguí volando.

No espero que me creáis. Pero lo que vino después sí que fue un auténtico reciclaje vital. Atravesé medio universo hasta un planeta muy parecido al mío, pero habitado por monos calvos de metro sesenta. Conocí al científico que me llevó hasta allí con su máquina experimental, un tío majo pero un poco pirado, y acabamos deteniendo una invasión de cangrejodemonios siderales que pretendían usar la máquina para conquistar el universo. Me enamoré de una de aquella monas calvas, Beverly, la cantante de un grupo rock que se jugó la vida por mis antenas y además resulta que también estaba enamorada de mí. Es una relación algo complicada, pero el amor lo puede todo. Ahora tocamos juntos, hacemos giras y andamos reuniendo pasta para comprarnos algo bonito cerca de un vertedero.

Menuda noche de fin de año, ¿eh?

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2 comentarios en “Phillip, el cucaracho

  1. Vale, es un chorrada. Pero está basado en una de esas películas que ves de enano y fliiiiipaaas… la guardas en alguna parte de tu corazoncito infantil como “aquella película guapísima”… hasta que vuelves a verla y muere un mito…. Pues el caso es que me apeteció hacerle un mini homenaje a “Howard, el pato” y he aquí 😉

  2. Forvetor, no he visto la pelicula de tu inspiracion, pero despues de tener al alcance tu habilidad para describir un paseo tan fantastico como resultado de tu mala tomada, no necesito verla. Te felicto, tus recuerdos son amenos.

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