Asier conduce y en el asiento de al lado veo pasar los cerros. El invierno acaba de empezar a salpicarlos de lluvia y El Verde se extiende por todas partes. Es impresionante ver cómo hasta las mismas piedras se cubren de vida. Soy feliz. A lo mejor por eso no he conseguido dibujar nada desde que salimos de la ciudad. Con los pies sobre el salpicadero me empeño en sacar adelante un boceto pero es inútil, el bloc continua intacto sobre mis muslos. Todo me arrastra lejos de la hoja en blanco; los olores a tierra húmeda que el coche arrolla a su paso, el tacto de la madera del lápiz, el paisaje, la voz de Asier canturreando lo que suena en la radio. Por fin voy a ser madre y eso me llena de una extraña mezcla de euforia y aprensión. Van a cambiar muchas cosas y no puedo dejar de preguntarme si valdrá la pena.

Cuando miro a Asier sé que nuestra hija va a ser muy afortunada, heredará su genio para encantar a la gente, como yo tengo la mano para el dibujo del segundo marido de mi madre. Y Dios, ¡qué guapo es! Conduce sin camisa “para aprovechar estos rayitos de sol” y porque sabe lo poco que me cuesta quedarme embobada mirándolo. Cuando se da cuenta de que lo estoy haciendo me dedica una de sus sonrisas XXL y luego vuelve a mirar al frente cantando aún con los labios curvados: “…siempre me quedará el olor suave del mar, volver a respirar, la lluvia que caerá…”. No quiero perderlo, pero es inevitable.

Me costó convencerlo para pasar este puente de Todos los Santos en casa de mi abuela. Ya habíamos hecho planes con unos amigos en Baracaldo, pero mamá insistió. La salud de la abuela va a peor cada año que pasa y como todas mis primas mayores ya han cumplido ahora soy el centro de atención. “Este samhaim va a ser perfecto mi niña. A tu abuela se le alegran los ojos de sólo pensar que vas a venir con tu hombre. Haz un esfuerzo. Te quiero.” Ese mensaje en el contestador y el sentimiento que me rebota dentro del pecho cuando pienso en Asier me convencieron de que era el momento. Nuestra hija necesitará un amor así para venir al mundo feliz y sana.

Aspiro el aroma a vida que entra por la ventanilla y procuro relajarme, pero no es tan fácil. Mientras empiezo a trazar líneas un poco al azar en el bloc, todos estos pensamientos me llevan a traición hasta el recuerdo de la noche de Todos los santos en que nació mi hermana pequeña.

No íbamos mucho por casa de la abuela, vivía lejos y era un poco maniática. Pero en aquella ocasión coincidimos con muchas de mis primas y tías. El único hombre en la granja era mi padrastro, Tomás, al que mamá había arrastrado a regañadientes al caserío de la familia. No hubo discusiones por supuesto, se adoraban, pero era obvio que no estaba cómodo. Yo, al contrario, disfruté como nunca. Era una niña de 12 años un poco marimacho que estaba encantada con la vida rural. En Bilbao los profesores del colegio no me dejaban subir a los arboles, montar vacas o correr a toda velocidad hasta quedarme sin aire. Allí estaba haciendo todo eso y más. Octubre pasó como una sombra gris y verde entre juegos, acampadas en tiendas de colcha y fiestas familiares.

No vi el árbol hasta la noche del treinta y uno. Cuando Tomás ya había muerto.

Se había preparado una cena al aire libre. Yo estaba bailando con mi tía Isa cuando alguna de mis primas me cogió de la mano, tendiendo la otra, que también sujetó alguien que extendía la contraria y así hasta formar un corro alrededor del enorme tronco. Reí con las demás, bailando embriagada, hasta que vi a mamá llorando abrazada al tronco. Mi hermana y yo corrimos junto a ella. “¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?” No respondió, pero buscó nuestras manos y nos agarró con fuerza, sin dejar de mirar hacia arriba. Hice lo mismo.

Al principio no entendí lo que estaba viendo, las llamas de las hogueras que nos rodeaban hacían extraños juegos con las sombras de las hojas. Pero en unos instantes la escena se volvió horriblemente nítida. Justo sobre nuestras cabezas las primeras ramas del árbol eran muy retorcidas y en lugar de hojas tenían unos extraños frutos que surgían de la misma madera, grandes, violáceos y arrugados. Allí donde emergían del tronco una espesa resina roja cubrían las comisuras de la corteza. Daba la impresión de que el árbol diera a luz aquellas cosas. Estaba a punto de apartar la mirada para preguntar a mi madre cuando encontré uno mucho más abultado que rezumaba un líquido lechoso. La curiosidad pudo más que el asco y al mirarlo con detenimiento me di cuenta de que el líquido no rezumaba, caía. Siguiendo la trayectoria a la inversa encontré el pulgar del pie de Tomás, que colgaba ahorcado a unos metros sobre nosotras.

Por puro instinto intenté zafarme de la mano de mamá para alejarme de aquel horror, pero me sujetaba con fuerza. “Te necesito conmigo”, dijo suplicante. Su mirada estaba clavada en el hombre con el que la había visto reír tantas veces y no dejaba de llorar. Detrás nuestro, mis tías y primas seguían bailando, pero habían dejado de cantar en euskera para hacerlo en una lengua extraña. Busqué desesperada los ojos de mi hermana, “Ya viene nuestra hermanita”, dijo con una sonrisa amarga, mirando a la rama de la que pendía el fruto enorme. Mamá no dejaba de murmurar y llorar. Tenía los nudillos blancos apretando nuestras manos contra su pecho.

Volví a mirar hacia donde tenía la vista clavada y vi que habían alzado la soga de la que pendía mi padrastro. Ahora estaba mucho más alto, abrigado por los brazos de las ramas de la copa y no estaba sólo. A su alrededor otras formas, más viejas, más gastadas, lo acogían como uno más de la familia. Cuando desapareció de la vista mamá dejó escapar un suspiro mezclado con un adiós y nos soltó. Se limpió las lágrimas, dejó caer el vestido verde que se había puesto para la fiesta y se encaramó desnuda al tronco del árbol. Escaló como nunca hubiera imaginado que pudiese hacerlo, acercándose con esfuerzo hasta donde pendía el fruto impregnado de blanco. Cuando llegó los brazos y las piernas le sangraban allí donde la corteza le había besado la piel. Al llegar se afianzó a horcajadas y hundió las manos en las comisuras de la corteza y tiró. Una y otra vez durante unos minutos que parecieron años. Hasta que con un sonoro grito de triunfo consiguió arrancarlo. El coro y los bailes se habían detenido y ahora todas mirábamos fascinadas como mamá hacía el camino de vuelta hasta el suelo. Cuando sus pies volvieron a tocar la hierba tenía el cuerpo muy magullado y sangrando mucho por las heridas provocadas por corteza. Su expresión era una mezcla de dolor y alegría cuando rasgó frenética la cáscara, resoplando con fuerza.

Unos segundos después apretaba contra sus pechos a mi hermana pequeña y al pie del árbol resonaba el júbilo de la familia…

– ¡EEEHHH! – el grito de Asier me devuelve al coche. Mi sobresalto lo hace reír – Tía, estabas dibujando zombi perdida, llevo un rato cantándote y tú en tu mundo.

Me esfuerzo por compartir su risa, pero estoy un poco aturdida. Cuando consigo enfocar lo que he dibujado mientras recordaba el corazón me da un vuelco y ladeo la hoja para que Asier no la vea. Él se queja de lo entumecido que va, del poco caso que le hago y de lo dramáticamente horrible que es su vida por ello. Cierro el bloc.

– Mira, eso parece un restaurante ¿una paradita para estirarnos y comer algo? -salvada por la campana.

– ¡A sus ordenes señora! -coge el desvío cantando algo de Pastora que suena en la radio. Le encanta ese grupo y se esfuerza en la interpretación. Es precioso.

– ¿Por qué no volvemos a Baracaldo y pasamos el Halloween con Marco y Patxi? –le digo exagerando el tono despreocupado. Me mira divertido.

– ¿De verdad? ¿Ya no apetece una noche de “tradición y familia”? –que mala idea fue usar ese eslogan de postal. Ya es la segunda vez que lo usa imitando mi voz. Le pellizco un costado y el coche da un bandazo que casi nos saca de la carretera. Pero lo dos reímos- Vale, vale. Como quieras.

Disfruto la comida con él. Que entre plato y plato me recita algunas las canciones que está preparando. Le digo cuáles no me gustan y como siempre responde que es una suerte que no me dedique a la crítica musical. Llamamos a Marco para retomar los planes que habíamos hecho. Y al salir aprovecho que va al baño para pasar el bloc y los lápices al maletero.

Me gusta mi vida tal y como está. Ya veremos qué trae el año que viene.

Anuncios

5 comentarios en “Baobhan Sith

  1. a este texto le tengo mucho cariño. la semilla (el flashback) lo escribí hace mucho mucho tiempo, en el primer blog en el que participé. ha llovido mucho, a la gente con la que compartí aquella experiencia la he perdido por las callejuelas de la vida. pero este pedacito de todo aquello sigue conmigo 😉

  2. Un relato muy sensitivo y visual. Muestras cada escena con precisión y eso hace que te introduzcas en la historia con una facilidad brutal. Me ha gustado mucho. Me quedo con algunas frases que me han gustado especialmente, entre ellas:”… las piernas le sangraban allí donde la corteza le había besado la piel.” `p.ej.
    Nos leemos!! Un saludo!

  3. Hola, Sergio,
    Efectivamente, me ha gustado mucho este relato. Me gusta especialmente el primer párrafo por la carga sensitiva que conlleva (olor, tacto, visión). Me gusta mucho.
    Está muy bien llevado el flasback que haces narrando la escena del árbol, es muy visual, dejas imágenes muy potentes como la de la madre trepando desnuda por el tronco (¿por qué desnuda?).
    Solo una cosa ¿por qué me da la sensación que hay algo que el autor anticipa y que sin embargo no resuelve?, lo digo por la frase “No quiero perderlo, pero es inevitable”.
    Y en plan pejiguero, hay algunas expresiones que eliminaría por ser demasiado explicativas, dos en concreto: “Soy feliz”, y “Era… un poco marimacho”, porque como lectora prefiero llegar a esas conclusiones sin que el narrador me lo diga, si él lo muestra, yo lo veo.
    Enhorabuena.
    Nos seguimos leyendo…
    🙂
    SalyTierra (http://salytierra.wordpress.com/)

    1. je, sabía que este cuento te iba a gustar 😉

      la razón de ser de esa frase (“No quiero perderlo, pero es inevitable”) es que Asier morirá para que ella tenga una hija. como muere su padrastro en el flashback para que tenga una hermana.
      tienes razón en cuanto a las afirmaciones, yo también prefiero verlas en el texto, pero con el tema del flashback y la familia tan particular que tiene la protagonista me pareció adecuado dejar algunos puntos claros, je. de hecho en una versión anterior el texto acababa con ella repitiendo que era feliz y cuanto quería a Asier. quité un párrafo entero por redundante.

      muchas gracias por pasarte y dejarme unas palabras, nos leemos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s