Stuart Mathesson estaba nervioso. No le gustaban los hispanos, aún menos los hispanos parricidas y muchísimo menos los hispanos parricidas que tenía que defender como abogado de oficio. Sobretodo si acababan condenados a muerte porque se negaban a cooperar en la defensa. Cuando abrieron la puerta de golpe estaba terminando de colocar los papeles, perfectamente alineados delante de la silla vacía.
Un guardia llevó a su cliente, un hombre de cincuenta y tantos moreno y apergaminado, hasta el asiento al otro lado de la minúscula mesa. Los saludos de cortesía fueron más vacíos y rápidos que de costumbre.
-Tiene que firmar aquí, aquí y aquí dos veces.
-¿Para qué? –dijo el hombre ojeando los papeles que tenía extendidos ante él.
-Son trámites para que el estado administre sus propiedades después de su… después.
-Ok – firmó-. ¿Se lo van quedar todo?
-No, se subastará. O se usará para labores sociales.
Stuart se había estado preparando para aquel momento, pero aún así se le atragantaban las palabras. Manuel Negrín no parecía un mal hombre. Supuso que “parecía” era la palabra clave.
-Pues mi trabajo acaba aquí señor Negrín –hizo una pausa-. Mañana los trasladarán al Bloque D…
-¿Al pasillo de la muerte?
-Sí. Allí tendrá que esperar a que la administración acabe los trámites.
Hubo un largo silencio. Era la primera vez que se veía en aquella situación y para su cliente la última. Stuart empezó a recoger los documentos deseando salir de allí. La lástima iba ganando terreno al pudor por momentos. Y ninguno de esos sentimientos era buen consejero para un abogado de oficio.
-Si puedo hacer algo más por usted… –dijo sin mirar a su cliente.
-Pues sí, la verdad es que sí puede –cuando el abogado levantó los ojos vio un destello metálico entre las manos del hispano parricida y dio respingo, subrayado con el estruendo que hizo la silla al caerse.
-No se asuste jefe –el hombre sonreía y con algo de dificultad, tenía las muñecas encadenadas a la cintura y los tobillos, le acercó lo que llevaba en las manos.
-¿Qué es eso? –estaba más asustado de lo que le hubiera gustado admitir.
-Una llave, creo que está bastante claro –lo estaba.
-¿Qué quiere que haga con ella?
-Que se la quede.
-¿Cómo?
-Quiero que se la quede Mr. Mathesson.
Stuart apartó los ojos de su cliente para fijarse en el pequeño objeto que había dejado sobre su maletín. No tenía ningún rasgo especial, ni siquiera llavero. Sólo una llave estándar de cinco centímetros de largo. Volvió a colocar la silla y se enfrentó de nuevo al hispano parricida.
-¿Qué quiere que haga con ella?
-¿Otra vez? Que se la quede. Y la use, se lo recomiendo –“¿Soborno?” pensó el abogado, pero ¿para qué?
-No puedo aceptar regalos, el estado me paga suficiente.
-Seguro. Pero este no es un regalo cualquiera.
-¿De donde la ha sacado? –la cogió con dos dedos, como si se tratara de una cepa de la peste negra.
-Me la regalaron hace muchos años –en el fondo de los ojos del hombre apareció un brillo, que a Stuart no le pareció propio del hombre que había admitido haber matado a toda su familia.
-¿Cómo consiguió que no se la quitaran cuando ingresó en prisión?
-Esa llave, ya lo verá, es una cosa muy especial. No es algo que pueda robarse o perderse, solo puede darse libremente. Como estoy haciendo yo.
El abogado miró con recelo el trozo de metal dentado. No habían antecedente de demencia en el expediente de Manuel Negrín. ¿A qué venía toda aquella charada?
-¿Qué abre? -preguntó más por seguirle la corriente que por genuino interés.
-La puerta de un garito, allá en mi tierra.
-¿Cuba?
-No –sonó cortante, el abogado paró un momento de recoger los documentos y miró a su cliente. Encontró de nuevo aquellos ojos-. Nací en el Océano Atlántico. Frente a la costa de África. Tenerife. Una isla también, pero hecha de sal y fuego –a Stuart le sonaba el nombre de algún folletín de alguna agencia de viajes. “Seguramente el mismo del que lo sacó él”, pensó.
-Lo siento Sr. Negrín, tengo que irme –tenía todo dentro del maletín, excepto la llave.
-Es un local que abre al atardecer, y sólo para los que tienen una llave de la puerta. Se llama “El Sol de Medianoche” –aquello que crecía en el fondo de los ojos de Manuel Negrín era cada vez más intenso, más hipnótico-. Es una casa pequeña con un porche trasero que da al mar. Siempre hay música. Y hace calor Mr. Mathesson. Un calor isleño que invita a quitarse la ropa y todo lo que no te deja respirar.
-Tengo que irme Sr. Negrín.
-¿Y sabe qué es lo más importante que va a encontrar allí? Libertad, Stuart. Todos los invitados son libres para disfrutar. Todo huele a fruta madura; albaricoques, guayabos, papayas… Las bailarinas del local son… !Ah, que maravilla! Siempre espléndidas, siempre ardientes, casi demasiados perfectas para ser sólo mujeres.
-Me voy Sr…
-Y también está Soledad, la dueña. Una mujer morena, fiera, de curvas generosas y voz acariciante. Cada noche canta “Allá en el otro mundo.” Siempre es diferente, sobrecogedor, y siempre duele.
-Yo…
-Y el Mar. ¿lo ha visto alguna vez Mr. Mathesson? Aquí en Nuevo Méjico no hay mar. Tiene que verlo. No hay nada más impresionante, un desierto azul pero al contrario. Al final del muelle puedes asomarte al abismo, un pozo azul y negro, morado al amanecer, que te devuelve la mirada cuando llevas un rato allí parado. Porque le aseguro que se quedará pasmado en el sitio –aquel brillo maniaco en el fondo de sus ojos empezaba a desbordarse-. Sol sabe lo que quieres y sobre todo quién eres.
-¿Dónde está? –casi se vio obligado a preguntarlo. La sonrisa de Manuel también se desbordó.
-En el sur de la isla. En un lugar al que llaman La Costa del Silencio. Hace mucho tiempo que estuve, tengo que entendido que ahora es una zona turística. Pero seguro que Sol sigue allí, en alguna parte, cerca del mar. Esperando a quien aparezca con la llave adecuada.
Stuart estaba aturdido, sudaba, ¿qué era todo aquello? Pensó en los guardias que estarían detrás de la mampara reflectante, viendo, oyendo y grabándolo todo. Pero lo que había detrás de los ojos de aquel hombre condenado a muerte no lo dejaba escapar.
-¿Por qué me a mí? –casi gimió la pregunta.
-Por que no tengo a nadie más. Mary y los niños ya no están –no había ningún sentimiento en aquella afirmación-. Además, tú lo necesitas Stud –la habitación empezaba a agitarse alrededor del abogado-. ¿Puedes hacerme un favor? –Stuart afirmó cabeceando-. Cuando llegues, busca a El Cosaco. Dale esto de mi parte.
El hispano parricida se acercó lentamente, o no, Stuart no podía estar seguro, y unió los labios a los suyos. Fue un beso profundo y verdadero, que acabó con el estruendo provocado por los guardias que entraron a quitarle al preso de encima.

Después empezaron los sueños.

Anuncios

14 comentarios en “Una posada en el fin del mundo

  1. esta semana he estado liado con el texto para Literautas (que publicaré por aquí el 29) y al final he tenido que tirar de archivo. y en buena hora, porque ya ni me acordaba de esta historia. la versión original de este relato lo escribí hace ¡10 años!. pretendía ser el inicio de algo largo… pero al final quedó en el cajón…
    releerla me ha traído algunos temas de los que quería hablar cuando planeé esa trama. no creo que acabé siendo la novela que pretendía, pero algo de ese material sí aprovecharé 😉

  2. Es un texto muy entretenido pero ¡Por Dios! ¡Quiero ver a Stuart en esa posada! Como relato el final se queda en el aire, pero como declaración de intenciones promete una historia muy entretenida. Un abrazo

    1. jejeje, me alegra que enganche ;)… la verdad es que cuanto más lo leo más ganas tengo de meterme con él y contar algo más grande. puede que para después de verano, que ahora tengo algunas otras cosas entemanos.
      gracias por pasarte David,
      un saludo, nos leemos!

  3. Me encanta la descripción de ese Sol de Medianoche, y la del personaje de Soledad, caracterizada genial con dos pinceladas.
    El último párrafo me sobra un poco, de acabar el relato lo habría acabado sellándolo con ese beso. Aunque creo que la historia pide más, efectivamente, ver a Stuart en ese lugar, ¡como poco!
    Buenas escrituras, Sergio!
    Nos leemos.
    SalyTierra

    1. sí, es verdad, el último párrafo como que sobra. si en algún momento esto se convierte en un primer capítulo esa parte desaparecerá ^^ … de todas formas, pensándolo bien, lo puedo sintetizar mucho más … gracias por pasarte y dejarme tu opinión
      un abrazo!

    1. hey Wolfdux! ande andabas? tu blog es el más activo de todos los que sigo y llevo ya unas semanas sin saber nada de ti 😉
      me alegro de que te gustara el texto, un abrazo, nos leemos!

  4. Hola Sergio, lo que más me ha gustado de tu relato son los diálogos, sobre todo los del condenado a muerte. La frase del final me ha dejado un poco descolocada e intrigada al mismo tiempo… ¿qué le ha pasado al pobre abogado? ¿qué significan esos sueños?

    Lo que está claro es que nunca se sabe qué joyas tenemos olvidadas en los cajones. 😉

    Un saludo.

    1. gracias por pasarte Patricia. que bien que te gustaran los diálogos, porque me esforcé en que quedaran naturales, a pesar de todo lo que cuentan, je. es lo que más tuve que “desempolvar” de la versión antigua 😉
      como le decía a David, cuanto más releo el texto más ganas tengo de darle caña a la historia, pero por ahora tengo otras cosas al fuego, pero ya le tocará ^^
      un saludo, nos leemos!

    1. jejejeja, gracias!!! también me nominó Aina de “Palabras que mecen las olas”, creo que igual que a tí 😉 … voy a dejar pasar unas semanitas antes de responder. para aprovechar mejor el flujo de visitantes ^^

      un saludo, nos leemos!

  5. Hola Sergio! Vi el inicio del texto hace unos días y ya me enganchó, pero no he podido leerlo hasta ahora. Estaba que me caía de sueño y me has dejado super despierto. Los diálogos son de nivel, felicidades.

    Gran descripción de la isla 😉

    1. juas, que bien que te haya gustado! precisamente de la descripción de la isla y el local salió todo el texto 😉
      gracias por pasarme y dejarme unas palabrillas.
      nos leemos!

  6. Ese final me sorprendió, no lo esperaba. Las descripciones muy apropiadas,un suspenso casi poético. Y ahora qué va a pasar?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s