Relatos, Sin categoría

La Casa de los Anturios

Santa Cruz de Tenerife, a 28 de Junio de 2015

Hola vecino, me llamo Eugenio Báez. Vivo justo frente a usted, en la casa amarilla. Cuando lea esto me habré marchado. Soy tan cobarde que no he sido capaz de entregarle esto en mano, no sé cómo puede reaccionar y le tengo demasiado miedo a esa casa. Lo siento.

Cuando acabe de leer esta carta es muy probable que piense que soy un viejo loco. Y puede que tenga razón, ya no estoy seguro de nada. Sólo le pido que lea estas líneas hasta el final. Es muy importante.

La última vez que escribí una carta como esta otro hombre en su posición ignoró mis palabras; espero que no sea su caso. Lo deseo de todo corazón. He estado pensando que quizá si le cuento algo más sobre mí y mi vida le sea más fácil creer lo que digo.

Nací en el sur de la isla, mis padres eran trabajadores de la tierra, jornaleros. No fueron años fáciles, el hambre se llevó a dos de mis hermanos. Sólo recuerdo cosas sueltas de aquella época. Cuando tuve la edad suficiente me alistaron al ejército y pasé casi diez años en Marruecos, primero como soldado raso y luego como cabo mecánico de camiones. A la vuelta mi padre había muerto y mi madre se había mudado a la ciudad. Bueno, a la ciudad que era por entonces Santa Cruz; había algunas fábricas de comestibles recién abiertas y era fácil encontrar un puesto en ella.

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