En el barrio la conocían como Caperucita Roja por su manía de usar siempre condones de ese color. A quien preguntara le contaba gustosa que todo había empezado como un juego cuando era una novata, una forma de sentirse más segura. “Es divertidísimo ver a un tío, a cualquiera, con un trozo de látex rojo saltando entre las piernas”, se reía. Al final se había convertido en “su marca” y hasta había conseguido algún cliente fijo gracias a eso. “Y es que algunos incluso se ven importantes” decía y no paraba de reír.

El caso es que érase aquella una cálida noche de verano en París, cuando recibió la llamada de “La Abuelita”, que con buenas maneras le pidió que llevase hasta el número 6 de la Rue du Bois una bolsa de deporte que se le había quedado en un garito que las dos frecuentaban. Caperucita aceptó, por supuesto. No había que confundir el buen tono de la madame, aquello era una orden.

Así la joven recogió la bolsa en el lugar convenido y se dirigió a la casa de la Abuelita con paso resuelto.

Pero he ahí que a medio camino un coche se paró junto a ella. “¿A dónde vas Caperucita?”, sonó una voz masculina. “A casa de la Abuelita”, respondió con voz aflautada. Y con una enorme sonrisa se asomó al interior, como había hecho mil veces. En el asiento del conductor, un hombre (muy bien parecido, por cierto) le devolvía el gesto con una mano en el volante y la otra por fuera de la ventanilla, sujetando un cigarrillo. “Si quieres te acompaño. Me llamo Lupín”, ambos sonrieron con complicidad y Caperucita subió.

Por el camino la conversación fue especialmente animada, del juego sobre el cuento infantil pasaron a los cumplidos, hablaron un poco del tiempo y acabaron conviniendo en que la ciudad ya no era tan bonita como hace años, pero que en otoño aún había magia en los barrios viejos. Tan animada fue que cuando el coche se detuvo fue la chica la que le pidió que esperase un momento. Cuando volviera podrían seguir la charla en algún sitio más agradable. A lo que él aceptó.

La entrada del sórdido boulevard estaba guardada por dos enormes matones, vestidos con pantalones vaqueros y camisas de franela a cuadros recortadas para mostrar sus enormes bíceps. “La Abuelita te espera”, dijo uno sin más y Caperucita siguió adelante. Por el pasillo iba pensando en su anfitriona. Aquella mujer le desagradaba. Ella mejor que nadie entendía las ventajas de la innovación en su oficio, pero hacerse extraer todos los dientes para “optimizar el servicio” le parecía excesivo.

“Muy bien hecho niña”, dijo La Abuelita satisfecha y le tendió un sobre. “Esto es lo tuyo”. Caperucita se forzó a sonreír y lo abrió. El sobre estaba vacío. “Joder”, fue lo único que acertó a pensar antes de sentir el golpe en la espalda. “Y ahora quiero presentarte a unos amigos”, la cabeza de la chica daba vueltas. “Estos señores quieren un servicio especial y estoy segura de van a estar encantados contigo”. Por la puerta del fondo de la habitación entraron dos hombres grandes y peludos. Llevaban arneses de cuero y máscaras que les ocultaban casi toda la cara. Caperucita retrocedió como pudo. “¡Qué cuerdas más grandes tienen!”. “Son para inmovilizarte mejor”, respondió la Abuelita con su sonrisa vacía. “¡Qué látigos más grandes tienen!”, “Son para castigarte mejor”. “¡Qué púas más grandes tienen!”, “Son para hacerte sangrar mejor”.

Cuando Caperucita ya sólo podía oler el sudor de aquellos dos pervertidos, intentando zafarse de sus fatales manos, un estruendo sacudió la habitación. La puerta había salido despedida y una tromba de policías entraba por el hueco. “Gendarme Lupín de la Policía Nacional ¡Que no se mueva nadie, están todos arrestados!”

Quienes no obedecieron la orden fueron reducidos a porrazos. Y en unos minutos estaban inmovilizados y esposados. Todos menos la atónita Caperucita, a la que el gendarme se llevó a un lado guiñándole un ojo antes de encararse a la mujer desdentada. “Madame Delacroix, se la acusa de proxenetismo, trata de blancas y tráfico de estupefacientes”. Un tipo malencarado abrió la bolsa que había traído Caperucita. Estaba llena de pastillas, cápsulas de colores chillones y bolsas de polvo blanco.

Y colorín colorado de esta forma todos acabaron encarcelados. Excepto cierta jovencita que nunca dejó de usar condones rojos, aún después de convertirse en la “Señora De Lupín”. El mismo que la devoraba cada noche.

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4 comentarios en “Chaperon Rouge

  1. la semilla de este relato la escribí hace un porrón de años para un taller en el que se nos pidió que escribiéramos algo sobre “Caperucita Roja”. no es una maravilla pero le tenía cariño. lo acabé revisitando para enviarlo al taller de Literautas y este es el resultado final. espero que os guste 😉
    la imagen que acompaña es un instantánea de París, que se llama “Square Coulaincourt”, de la web Mik’s Blog.

  2. Me gusta mucho la vuelta de tuerca tan inquietante y oscura que le has dado al cuento, solo apuntarte un gazapo, no creo que tu intención fuera usar “giñandole”, pa mi que le falta una ” u”

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