Relatos

A la luz de un nuevo mundo (II)

—Viene del Capítulo I

Un par de indios que estaban descansando en sus catres de paja le dijeron que el grito había venido de la cubierta inferior. Abajo, otros dos hombres que estaban revolviendo la bodega para sacar los cañones y comprobar el estado del velamen almacenado señalaron a panel de la bodega donde se guardaba el botín… y el prisionero que habían tomado en el abordaje. La puerta estaba entreabierta y había luz en el interior.

Justo antes de entrar volvió a resonar un grito del rehén español. Willem empujó la puerta dando una voz y lo que vio lo hizo volver a cerrarla de golpe a su espalda. El prisionero estaba tendido desnudo delante de las lonas que cubrían los baúles del botín. Tenía las extremidades atadas y extendidas. Acuclillada junto a él, a la luz de un candil, una figura menuda le marcaba la piel con la hoja de un cuchillo al rojo. El olor a humanidad y carne quemada era insoportable.

– ¿Qué está pasando aquí? –bramó con la mano sobre la empuñadura del machete que llevaba a la cintura.

El torturador se incorporó sujetando aún sus herramientas y sonrió. Era Kuminaj, uno de los indios que había enrolado el capitán en Castro, el más joven de todos. Delgado y de rasgos finos, el propio Willem pensó que era una chica la primera vez que lo vio. Y aunque sus funciones oficiales en el barco eran las de un grumete casi nunca salía del camarote del capitán.

– ¿Qué diablos estás haciendo?

– El capitán sabe –apenas hablaba holandés. En el barco se había impuesto una mezcla del holandés de la tripulación original, con español y dialecto chilote. Pero Kuminaj casi no se relaciona con nadie, ni con los otros indios que lo evitaban por considerarlo una especie de chamán. Era mucho más habitual oírlo gemir desde dentro del camarote del capitán que hablar con la tripulación.

– ¿Por qué torturas a ese pobre diablo?

– Torturo no. Preparo –su sonrisa era incómoda por inmutable-. Capitán sabe.

Willem mascó con más fuerza el trozo de tabaco que se pasaba de un lado a otro de la boca, como intentando digerir el cúmulo de desgracias que amenazaba con asfixiarlo

– ¡Asco de vida! –gruñó escupiendo un salivazo de tabaco empapado.

– Capitán sabe –seguía sonriendo.

– Bien, bien. Lo que quieras, ¡pero por lo menos cierra la condenada puerta! Que nos vas a sacar a todos de quicio.

– Capitán sabe.

El contramestre dio un portazo y subió a buscar al capitán hecho una furia. Lo encontró en el castillo de popa, donde él mismo había estado hacía un rato, oteando las tres naves con su catalejo. Hizo una seña al hombre que sujetaba el timón para que se fuera.

– Yo me encargo –agarró con fuerza el gobierno de la nave y respiró hondo. Dejó que la brisa le limpiara el olor de las bodegas que llevaba metido en la nariz y lo relajara-. ¿Señor? –dijo girando con fuerza el timón a estribor. El bergantín iba tan cargado que apenas se meció a la derecha, pero fue más efectivo que la pregunta para llamar la atención del capitán-.

– Le tiembla el pulso, señor Korevaar –dijo sin dejar de mirar el horizonte. Aún tenía la costumbre de llamarlo por su apellido.

– No crea, mi capitán.

– ¿Tiene algo que decirme?

– Su indio está abajo torturando al prisionero –el contramaestre tampoco dejo de mirar al frente, aunque delante al barco no había más que una inmensa llanura de azul rizado-. ¿Está usted al tanto?

– Sé que está abajo, pero no lo está torturando. Esa pobre alma puede ser nuestra carta de salvación.

Los dos permanecieron un rato en silencio vigilando los extremos contrarios del horizonte. En la cubierta los hombres habían acabado de subir los cañones y se afanaban en limpiarlos y colocarlos en las troneras. Otros limpiaban la cubierta y la preparaban para el combate que vendría. Cuando vio salir a Kuminaj de las bodegas camino al camarote del capitán volvió a dirigirse a él, aún con la vista al frente.

-Los hombres se están poniendo nerviosos. ¿Eso también lo sabe, señor?

-Sí, lo sé. Pero créame cuando le digo que después de librarnos de esos bastardos Españoles, y puede asegurarle a nuestros hombres que los haremos, el nombre de Baltasar de Cordes y su tripulación será leyenda en toda la Ruta de la Indias.

-Señor, la situación es más grave de lo que cree–dijo mirando a Ruud que cuchicheaba con otros dos de la vieja tripulación echando miraditas en su dirección-. Y no todos tenemos esa victoria tan clara como usted.

-Confíe en mi, señor Korevaar. Conozco la situación y asumo el riesgo –le puso una mano en el hombro-. Cuento con usted para mantener la situación bajo control hasta la gloriosa derrota que infringiremos a los perros del Vaticano.

-Gracias señor –el capitán le había palmeado la espalda y se dirigía a la escalera para abandonar el castillo de proa-. Señor, no sé si podré manejar esto dos días más.

-No serán dos días –volvió hacia él-. Por mis cálculos mañana a esta hora ya estaremos a tiro de los bergantines y como muy tarde al anochecer ya les hará compañía el galeón –no lo decía con resignación o arrogancia, sólo estaba informando a su contramaestre con aquella rigurosidad militar tan suya-. ¿Alguna otra pregunta, Korevaar?

-Sí, señor. Si me lo permite –Willem reprimió el reflejo de escupir otro trozo de tabaco junto con la pregunta-. ¿Qué llevamos en la bodega? ¿Por qué estamos arriesgándonos a un abordaje contra tres naves?

Los ojos de Baltasar de Cordes lo atravesaron. Irguió la espalda y respondió para zanjar la cuestión.

-Por el honor y la leyenda, Willem. Que no son muy comunes entre la gente con la que nos codeamos de unos años a esta parte, pero que seguro recuerda. Los españoles tienen que pagar por lo que le hicieron a mi hermano y a nuestra flota en Chiloe. Lo de Castro fue sólo una distracción. Y mañana pagarán –era cierto que el contramaestre recordaba aquellas cosas, pero las consideraba fruslerías con las que los mandos militares inflamaban el ánimo de los pobres desgraciados que morían en primera fila. Si no fuera así ahora no sería un bucanero-. Pero se guardó su opinión y asintió con energía-. Pues si me disculpa, tengo algunas cosas que hacer –empezó a bajar hacia la cubierta, pero se detuvo a medio camino y dijo en un tono mucho más alto del necesario-. Y señor Korevaar, si tiene algún problema con cualquier otro tripulante cuente con mi autorización para colgarle una perla negra al cuello y lanzarlo por la borda. Buenas tardes.

“Perla negra” era como llamaban en la armada holandesa a las balas de cañón. La amenaza quedó suspendida unos momentos en el aire y luego todo el mundo volvió a sus tareas con brío renovado. Willem siguió al timón hasta que vinieron a sustituirlo para la cena. Para su desgracia el cocinero había decido sacar la carne en salazón que llevaban para una ocasión especial y preparar unos espetones de carne asada. El olor casi lo hizo vomitar. Acabó encaramándose a la base del bauprés con un trozo de cecina y una botella de ron.

Poco a poco la actividad en el barco fue cesando, a pesar de la amenaza que se cernía sobre ellos la tensión y el trabajo intenso acabaron hundiendo a los hombres en sus catres. El contramaestre empezó a relajarse cuando ya sólo sonaban las carcajadas amortiguadas de los que jugaban a los dados en el dormitorio de la tripulación y los comentarios apagados del primer turno de noche en cubierta. Se acurrucó junto a la base del mástil delantero mientras apuraba los últimos tragos de ron. Evitando invocar en los espectros que los perseguían acabó pensando en el mascarón de proa que tenía justo debajo. En el abordaje un cañonazo le había volado la mitad de la cabeza y un brazo a la sirena que el bergantín llevaba como mascarón, amén del bauprés. Cuando se reparó la nave la tripulación ya se refería al mascaron como la “Sirena Tuerta”, que era con mucho lo mejor que se podía decir de ella, así que el capitán decidió darle ese nombre al bergantín. Justo antes de rendirse al sueño Willem decidió que si sobrevivían a aquella empresa habría que buscar otro nombre más adecuado, quizás algo más “honorable y legendario”. Lo último que escuchó antes de rendirse al sueño fueron los silbidos del viento al colarse entre las vergas del velamen.

Lo despertó uno de los indios tironeándole del tobillo cuando el sol aún no asomaba por el horizonte continental, pero el día ya aclaraba. El capitán andaba buscándolo. Estiró los músculos entumecidos por el frío nocturno y le mandó recado de que iba de camino.

En la cubierta la última guardia de noche aún seguía en sus puestos y la actividad empezaba a aumentar. Bajó hasta un barril de agua dulce y sumergió la cabeza para acabar de despejarse, hizo la ronda por cubierta (todo en orden) y subió al castillo de popa para echar un vistazo a sus perseguidores. El capitán tenía razón, ya se podían contar las troneras de los bergantines, no tardarían mucho en estar a su alcance. Vio que varios hombres somnolientos habían hecho lo mismo que él y ya comentaban nerviosos la proximidad del enemigo, maldijo su suerte. Se estiró la ropa y el pelo aún húmedo, se metió un trozo de tabaco en la boca y enfiló el camarote del capitán.

– Pase, señor Korevaar –sonó desde el interior un par de segundos después de golpear la puerta. Dentro el capitán estaba de espaldas a la puerta observando el contenido de su escritorio-. Acérquese y mire esto.

Sobre la mesa había desplegado un centenar de libros, pergaminos marcados y cuadernos de notas. Kuminaj estaba al otro lado del escritorio con su espeluznante sonrisa dirigida al recién llegado.

-Ayer me preguntó qué es lo que llevamos en la bodega, tan importante como para arriesgar la vida de toda la tripulación –Willem asintió-.

-Poder –dijo Kuminaj. El contramaestre lo miró sorprendido, no sabía que fuera parte de la conversación.

-Sí. Lo que hay en las bodegas, además de una grandísima cantidad de oro en forma de copas y crucifijos en su mayoría, es un arma señor Korevaar.

-¿Un arma? ¿Un nuevo tipo de arma de fuego? –eso podría explicar la garantía de victoria que pretendía el capitán.

-Mucho más que eso -Willem no podía apartar los ojos del joven indio, que asentía sonriente. El capitán rebuscó entre los papeles y sacó un listado con membrete de la Compañía de las Indias con fecha 28 de Junio de 1602-. Este es el control de cargo del galeón que asaltamos. Zarpó del puerto de Sevilla, en España, el año pasado. Lea las últimas entradas.

El contramaestre obedeció agradecido de que la orden lo hiciera despegar los ojos del indio. Su español estaba un poco oxidado, pero pudo leer con claridad “Lote Vaticano. Destino Nueva Galicia”. Y en la penúltima anotación se añadía la palabra “Reliquia”. Miró a su superior esperando una explicación.

-Señor Korevaar, según este documento y los que he podido reunir en estos meses. En la bodega de la Sirena Tuerta llevamos el madero menor de la “Vera Crux”. La cruz en la que fue ejecutado Jesucristo.

Willem no sabía a qué atenerse, ¿se había vuelto loco el honorable Baltasar de Cordes? ¿qué pretendía? Puede que Ruud tuviera razón después de todo. Los pensamientos debieron pasarle por los ojos, porque el capitán pareció leerlos.

-No he perdido el juicio amigo mío. Lo hemos comprobado –hizo un gesto hacia el indio, que se fue hacia el fondo de camarote y volvió con una calavera humana entre las manos. La llevaba como si fuera un cuenco, le faltaba la mandíbula inferior y toda la parte baja del cráneo había sido retirada para usarla invertida como contenedor. Tenía dos enorme clavos incrustados en los ojos y tribales decorando los laterales. El contramaestre tuvo que hacer acopio voluntad para seguir masticando el tabaco como si nada. Kuminaj dijo algo en su dialecto y el capitán respondió usándolo también, luego el indio volcó en la mesa el contenido del macabro cuenco. Cuatro trozos de madera del tamaño de un cuchillo pequeño-. Son astillas de la sagrada cruz –había excitación en la voz del capitán.

-Poder –añadió el indio, como un loro amaestrado.

-Mil quinientos años de devoción han cargado esa madera de una energía inmensa –a una señal Kuminaj extendió la mano sobre las astillas entonando un murmullo. Los trozos de madera temblaron y uno a uno empezaron flotar hasta acabar danzando en corro. Willem dejó de masticar-. Los chilotes son un pueblo con unas creencias sobrenaturales muy arraigadas. No saben, ni quieren saber, nada de la cristiandad. Pero sí saben de energía –el baile de las astillas era cada vez más rápido, hasta hacer que los papeles de la mesa empezaran a sacudirse-. Con sólo estas cuatro astillas podemos quitar de en medio a los españoles. Y aún tenemos el resto de la reliquia para convertirnos en los reyes del Pacífico –unas chispas púrpura empezaron a saltar entres las astillas justo antes de que el indio dejara de murmurar y cayeran, inertes de nuevo. Para cuando Kuminaj las volvía al fondo del camarote a Willem se le había caído el tabaco de la boca. El capitán le sirvió una copa de vino-. Tranquilo, respire hondo y tómese un momento.

-¿Qué fue eso? -un torbellino de ideas se sacudía en corro dentro de su cabeza.

-Se lo acabo de explicar.

-El indio.

-Sí, Kuminaj es lo que su gente llama un “brujo” –el grumete volvía hacia la mesa con su maldita sonrisa clavada en la cara-.

-¿Qué… -Willem no podía pensar con claridad-. ¿Qué quiere de mí?

-Nada más que lo ha estado haciendo hasta ahora, señor Korevaar. Lo elegí como contramaestre porque sabe tratar con la tripulación. Y eso es lo que quiero que haga –como antes, los ojos debieron traicionarlo porque el capitán guardó silencio mientras sus ideas dejaban de girar -. Como le digo, los chilotes no tendrán ningún problema con lo que nos disponemos a hacer, su acervo los hace más permeables –a veces no entendía al capitán, pero ni se le ocurrió preguntar-. Lo que quiero es que se asegure de que nuestros compatriotas no se descontrolan a lo largo del día. Cuando salga les informará de que Kuminaj va a oficiar una ceremonia para “bendecir” la nave –el contramaestre asintió y se levantó para salir, quería coger aire y alejarse de la sonrisa del indio-. Willen, quiero pensar que cuento con usted. Sé que todo esto puede parecer una locura, pero estamos en un nuevo mundo señor Korevaar. Uno que tiene sus propias normas.

-Entiendo señor –mentía-. ¿Puedo retirarme?

-Adelante.

Del camarote del capitán fue directo a la cocina a por una botella de ron. Le hubiera gustado echar unos tragos en algún rincón tranquilo mirando el mar y despejándose con la brisa, pero en el estado que estaba el barco era imposible. Las piezas de artillería ya estaban fijadas en las troneras de cubierta y varios hombres aseguraban los cajones con las “perlas negras” junto a ellas. Otros escalaban para desplegar las velas menores, que se plegaban cada noche. Y tuvo que espantar a gritos a un grupo de hombres que se apiñaban en el castillo de popa, vigilando a sus perseguidores y cuchicheando como viejas.

Acabó dándole la botella al indio que había hecho el último turno de timón. Se notaba que le hacía falta calor y él había decidido que iba a necesitar la cabeza despejada.

—Continuará—

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3 comentarios en “A la luz de un nuevo mundo (II)”

  1. la imagen de la cabecera es un bergantín, el tipo de barco que es “La Sirena Tuerta” y es un descarga Wallhere, un site de wallpapers gratuitos.
    este capítulo es ligeramente más grande que el anterior, para que la historia quepa en cuatro capítulos 😉 … que tampoco es plan eternizar esto.
    y a partir de aquí empiezan los datos náuticos y navales sobre los que tuve que hacer una respetable investigación. seguro que si algún experto le echa un ojo va a encontrar alguna inexactitud, sobretodo en lo que está por venir. si el caso comentad por aquí y le procuraré corregirlo. 😉
    un abrazo, nos leemos!

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