Relatos

A la luz de un nuevo mundo (III)

—Viene del Capítulo II

Por donde pasó fue informando sobre la ceremonia. Casi todos los indios se limitaron a asentir, alguna lo hizo con alivio y un par hasta se alegraron. Con los holandeses la cosa fue diferente; todos habían aprendido a sobrellevar las rarezas del capitán, sobre todo en lo tocante a Kuminaj, pero que un indio bendijera el barco antes del combate le pareció excesivo a unos cuantos. Los ánimos estaban caldeados y Willem tuvo que emplearse a fondo suavizar el tema. Y no iba mal, hasta que se encontró a Ruud. Estaba con otros tres hombres limpiando mosquetes y comprobando el estado de la pólvora.

-Dicen que esta mañana desayunaste con el capitán, Will ¿te metiste en la boca algo fuera de lo habitual? –se lo espetó antes incluso de que llegase a su lado-. ¿O se la chupaste? Como de costumbre.

-En realidad fue un desayuno normal y corriente Ruud. No a todos nos gusta llenarnos la boca de mierda, como ti.

-Ya sé que tienes gustos más refinados.

-Me conformo con no dar asco al resto de los hombres.

-¿Y cómo sabes que no me das maldito asco?

-Lo que sé es que no eres un hombre –cruzaron una mirada fulminante-. ¿Sabes lo de la ceremonia?

-Sí.

-Estupendo. Sigue haciendo algo útil, para variar.

-¿Sabes que es una maldita memez?

-¿Ves aquella puerta de allí? La que tiene está pintada de azul. Pues detrás, a la derecha, hay otra también azul. Toca y dile al tío alto con la media melena y la casaca militar lo que opinas de la bendición del barco. Venga, corre, yo te espero aquí haciéndote un collar con una de estas bolas de hierro –lo azuzó con la mano como si fuera un perro-. Hala, vete.

-Eres un maldito imbécil.

-Lo que tú digas gran hombre.

-Y cuando estemos benditos por la fulana india del capitán, ¿Qué? ¿La maldita Sirena va a ser indestructible? Porque desde aquí cuento unas dos docenas de cañones que me parece que van a tener otra maldita idea –dijo señalando a la popa-.

-Ya te lo dije ayer Ruud. Siempre puedes saltar por la borda tú solito y echar a nadar hasta la playa más cercana –el contramaestre escupió un salivazo marrón-. Yo te sujeto la ropa si quieres.

-¡Vete al diablo Willem!

“Puede que esta noche cenemos todos con él”, pensó. Lo hacía tan a menudo que no le costaba fingir aplomo, aunque el mismo no estuviera muchas esperanzas en el plan del capitán.

Antes de mediodía se reunieron todos en cubierta. El capitán iba con el uniforme de gala del ejército, algo desgastado y con la notable ausencia de las condecoraciones. Junto a él, Kuminaj llevaba un taparrabos, un collar de cuentas que le cubría el torso casi por completo y una llamativa capa de plumas amarillas y naranjas. Aunque no sonreía, a Willem le pareció que tenía una expresión triunfal.

-Los chilotes tienen la costumbre de pintar sobre su cuerpo el nombre de sus ancestros antes de una batalla –mientras el capitán hablaba Kuminaj repartía unos trozos de carbón rojizo entre la tripulación-. De esa manera los traen al combate para que los acompañen y los protejan –los indios lo recibían con un gesto de agradecimiento, pero los holandeses se mostraban divertidos en el mejor de los casos-. Sobretodo en los que parecen perdidos de ante mano, como el que nos espera hoy –los murmullos y las risas se apagaron-. El de hoy va a ser un día que ninguno olvidará, se lo puedo asegurar. Y también les puedo asegurar que serán vidas largas y provechosas. No vamos a morir aquí hoy. Tienen mi palabra –los miró de hito en hito-. Los perros españoles quieren lo que llevamos a bordo así que no nos van a hundir a cañonazos, no tendrán agallas, van a tener que venir a arrancarnos el botín de las manos. Y cuando lo hagan estarán perdidos.

-Señor, son tres naves. Y muy grandes –sonó entre el grupo.

-Somos lobos de mar, muchacho. Asaltamos ese galeón apostados en una cala en medio de la noche y no tuvieron ninguna oportunidad –algunos hombres exclamaron con energía-. Los desvalijamos, nos dimos a la fuga y casi conseguimos quemar su perrera flotante –algunos gritos-. ¿Y ahora vienen por más? ¡Pues van a tenerlo! –la voz del capitán sonaba segura. Varios hombres, incluso indios, gritaron en respuesta-. Llevamos años surcando estas aguas, ahora son nuestros dominios. ¡Que vengan! –más gritos-. Van a descubrir cómo nos las gastamos más allá del Cabo del Fin del Mundo –los vítores inundaron la cubierta.

En ese momento Kuminaj empezó a entonar una canción en chilote, la mayoría de los indios lo acompañaron y en unos minutos varios holandeses chapurreaban las palabras que les sonaban. Willem no entendía el dialecto indígena, pero tenía que reconocer que la canción confortaba.

-Pintémonos para la guerra, señores. Usen los tizones para recordar a aquellos que quieren tener al lado en esta batalla. Cubramos la madera de nuestra nave con los nombres de nuestros ancestros –la letanía de los indios subía en intensidad-. ¡Convirtamos nuestra Sirena en una guerrera!

A decir verdad la mayoría de los hombres no sabía escribir. Pero eso no impidió que la hicieran lo que les pedía el capitán. Al cabo de un rato la borda y la base de los palos principales estaban salpicados de nombres, dibujos sencillos, iniciales y hasta algún verso de la biblia. Hasta Ruud participó dibujando una flor con los pétalos muy largos y abiertos, el cartel de un burdel que habían frecuentado mucho en Castro. La ocurrencia hizo reír a unos cuantos. Lo que no era mala cosa, pensó Willem. Que durante todo ese rato no le había quitado los ojos de encima a Kuminaj. Entre los cantos y la algarabía que siguió al discurso, el indio se había dedicado a dibujar sobre los cuatro cañones de cubierta unos diseños muy parecidos a los que el contramaestre había visto esa mañana en la calavera. Después de acabar los grabados introducía un paquete por la boca de la pieza e iba a por el siguiente. Al contramaestre no le hizo falta echar un vistazo para saber qué había dentro de aquellos paquetes. Cuando acabó cruzó unas palabras con el capitán y se perdió en la portezuela que bajaba a las bodegas.

-Señores, nos espera la gloria –el capitán se había subido al castillo de popa, lanzó su carbón al mar y los hombres lo imitaron-. En cuanto esos bergantines nos tengan a tiro quiero que recojan todas las lonas. Vamos a hacerlos creer que nos rendimos, no quiero que nos vuelen la arboladura –hablaba con vehemencia-. Que piensen que estamos perdidos. ¡Ya les demostraremos lo que equivocados que están!

El buen ánimo de la tripulación se mantuvo un rato, hasta que el indio encaramado en el carajo avisó de que las naves españolas habían abierto las portas. Aún estaban por detrás de la Sirena, pero ya empezaban virar para colocarse en paralelo. Y con la portas abiertas ya se podían ver la piezas de artillería apuntado en su dirección.

-¡Las lonas! ¡Recojan las lonas! –el capitán gritaba las ordenes desde el castillo de popa-. Señor timonel, todo a estribor. Cuando dejemos de movernos quiero la proa mirando al continente. ¡Todos preparados!

Willem entendía a medias lo que pretendía el capitán. No quería que los bergantines españoles flanquearan a la Sirena con facilidad. Al colocar la proa hacia poniente el barco quedaba cruzado al viento y a la marea. Eso no impediría que fueran abordados, pero en verdad retrasaba el asalto y los hacía parecer desvalidos. Mientras el galeón que habían asaltado se acercaba cada vez más, los dos bergantines tuvieron que hacer una maniobra circular hasta acabar moviéndose lentamente con los costados erizados de cañones apuntando a la Sirena Tuerta.

El día se iba oscureciendo, como la moral de la tripulación. Además, el silencio tenso hacía que todos oyeran a la perfección los alaridos del prisionero. Kuminaj estaba allá abajo con él desde la ceremonia. Entre la tensión y el mal humor, los hombres le dedicaban más maldiciones al indio que a los españoles.

-¡Señor Korevaar! –El capitán le hizo señas para que subiera-. Quiero que hable con los hombres encargados del velamen. Si todo sale como espero vamos a tener que hacer una maniobra de evasión muy dura. Necesito que todo esté apunto, pero sin que alterar más a la tripulación –Willem asintió-.

-Pero señor, ¿Qué vamos a hacer exactamente?

-El galeón ya está casi aquí. En cuanto se acerque lo suficiente jugaremos nuestra última carta. Si todo…

-Usted nunca ha sido el tipo de hombre que juega a las cartas, señor –el capitán sonrió con amargura-.

-Es cierto, Señor Korevaar. Pero las cosas cambian, ya se lo dije: estamos en un nuevo mundo. Si todo sale bien, tendremos que alejarnos de aquí muy rápido.

-¿Y si sale mal?

-Seremos abordados, lucharemos por nuestras vidas y puede que ganemos o puede que no.

-¿Puede salir muy mal?

-Sí, señor Korevaar. Puede. Pero en ese caso acabaremos todos en el Infierno, tanto nosotros como los españoles. Y con sus gallerdetes blancos a ellos los van a recibir peor –le giñó un ojo y ambos sonrieron. Willem hizo un saludo marcial y se fue a cumplir órdenes.

Durante un buen rato la Sirena pareció un barco fantastma; sin velamen, con la cubierta llena de figuras quietas y silenciosas que vigilaban las naves enemigas y los gritos del español arrastrados por el viento del atardecer. Hasta que Kuminaj subió cubierta.

Llevaba las mismas prendas que durante la ceremonia y además sostenía ante él la calavera con los clavos y los tribales, a la que había añadido unas largas plumas rojas a modo de cabellera y un trozo de cuero haciendo las veces de pico. Parecía sostener la cabeza de un enorme pájaro muerto. Otros dos indios traían a rastras al prisionero; desnudo, con la piel marcada con cientos de quemaduras ordenadas en un supurante diseño tribal, el pelo afeitado a cuchilladas y casi inconsciente.

Hubo un revuelo entre los hombres, algunos hombres gritaban al capitán pidiendo explicaciones.

-¡Señores! –la voz del capitán sonó imperiosa-. Hoy nos convertiremos en leyenda. Los quiero a todos preparados –alguno intentó gritar más que él para imponer sus preguntas. El capitán endureció el tono sin subirlo y los fulminó con la mirada-. No podemos tener dudas, caballeros. No en este momento. Kuminaj nos dará una ventaja táctica y hará que los españoles recuerden este día el resto de sus vidas –gritó algo al indio en su dialecto y el otro respondió-. ¡Empieza la batalla! Arrojen por la borda las cuatro piezas de artillería –hubo un momento de caos, en que los hombres seguían protestando y el capitán los miraba desafiante. Hasta que Willem empujó a otro dos hacia una de las piezas, la desencajaron y la lanzaron por la borda. Otros grupos los imitaron-. Ahora desplieguen los foques, viramos rumbo norte y prepárense para desplegar las lonas a mi orden. ¡Kuminaj! –al escuchar su nombre el indio empezó a canturrear con la calavera sostenida sobre su cabeza.

—Continua en el Capítulo IV

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7 comentarios en “A la luz de un nuevo mundo (III)”

  1. esto está a punto de acabar, sólo queda la resolución!
    justo el final de esta parte es la que más problemas me dio en cuanto a mi falta de conocimiento naval. la maniobra que ordena ejecutar el capitán es un poco imposible (de hecho tuve que añadir unas líneas en las que el propio Will se extraña por la maniobra). pero bueno, no es lo único “imposible” que hay en el relato así que espero que la suspensión de la credulidad haga su trabajo 😉
    la imagen de la cabecera la saqué de la web de Tikkun (un diario conservador hebrero que se publica desde EEUU, que no sabría ni que existe si no fuera porque google me llevó a esta imagen xP). ellos no identifican la fuente, así que yo tampoco, pero me venía tan bien que no he podido dejarla pasar.
    un saludo!

      1. Pues no sé, porque es posible que intente enviarlo a algún concurso o revista. Primero tendré que revisarlo en frío. Y después de eso siempre vienen bien un par de ojos “vírgenes” y una mente ajena e implacable. Ahí te lo dejo. 😉
        Como siempre, nos leemos.
        Un beso.

      2. jejeje, por supuesto cuenta con estos ojos (que no nos vamos a engañar, de vírgenes ya tienen poco xD). si te apetece que le eche un vistazo cuando lo tenga ya madurado sólo tienes que decirlo.
        un besote, nos leemos!

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