Relatos

A la luz de un nuevo mundo (IV)

—Viene del Capítulo III

Los hombres encargados del velamen se lanzaron cuerdas arriba y en cuanto las velas del bauprés estuvieron desplegadas la nave fue girando poco a poco. Entonces empezar a sonar los cañonazos. Ninguno impactó, “Pero ninguno de los primeros lo hace”, pensó Willem. La siguiente andanada estaría más cerca y a la siguiente ya empezaría a volar astillas de madera.

La tripulación que quedaba en cubierta había hecho un corro alrededor Kuminaj, que continuaba con su letanía como en trance. Los otros dos indios había dejado prisionero atado junto a la base del palo mayor y acompañaban al brujo en su cántico. Los minutos parecían años para el contramaestre. Sonaron más cañonazos, la Sirena fue virando al tiempo que los bergantines desplegaban las velas mayores para coger velocidad y colocarse posición óptima. Willem no entendía la maniobra del capitán, ni entendía cómo modificaban tan rápido su posición, pensó que quizá los cánticos estaban empujando las velas. Con todo, calculó que el galeón sería el primero en llegar a su altura, el contoneo de La Sirena la había dejado a tiro de los otros dos navíos pero los obligaba a maniobrar de nuevo para intentar un abordaje. El enorme galeón sin embargo venía directo hacia ellos.

El cántico subió de intensidad y Kuminaj empezó a bailar retorciéndose dentro de su capa de plumas. Por instinto el contramaestre buscó con la mirada a Ruud, si algo podía salir mal con tripulación el viejo holandés estaría metido en ello. Lo encontró agazapado con otros tres cerca de la entrada de las bodegas, miraban al indio con desprecio evidente y discutían por lo bajo. Willem decidió atajar el problema antes de tenerlo y se encaminó hacia ellos.

No llegó porque de improviso los hombres de habían subido a la arboladura empezaron a gritar. Sonó otra andanada y esta vez un trozo de la borda de estribor saltó en pedazos. Pero no era eso lo que advertían los hombres que estaban escalando por los cabos. Willem, Ruud y la mayoría de la tripulación se agolparon en la borda para ver lo que sucedía. Detrás de ellos, en el espacio que ocupaba la nave unos minutos antes el mar empezaba a revolverse. Era como si algo las sacudiera desde debajo de la superficie. Al contramaestre no le costó imaginar qué lo estaba provocando.

-¡Desplieguen la velas! –la voz del capitán los sacó a todos del asombro-. ¡Rápido! ¡Desplieguen las velas! ¡Tenemos que salir de aquí!

El bullicio volvió a estallar en el barco, los hombre que no estaban subidos a la arboladura gritaban esperando cabos para atarlos y tensar las vergas lo antes posible. La Sirena poco a poco se fue alejando de la turbulencia. El capitán había bajado a cubierta para asegurarse de que en medio del tumulto nadie se acercara a Kuminaj, que seguía sacudiéndose y cantando con la calavera en alto. La letanía subía y bajaba de intensidad. El indio sudaba y tenía la cara deformada por una mueca de esfuerzo. En uno de los picos particularmente alto hizo un parón y llegó la luz. Un resplandor morado inundó el mar donde las aguas se revolvían cada vez con más violencia.

El capitán tuvo que aplicarse dando voces a los hombres que lo rodeaban para que todo el mundo siguiera trabajando en desplegar y asegurar las lonas. Aunque para conseguirlo fue más útil la siguiente andanada de cañonazos que destrozó parte del castillo de popa. Por muy poco escapó el timón y el hombre que lo sujetaba. Se renovaron los gritos y los esfuerzos. La nave se movía cada vez más deprisa.

En medio del caos Willen echó un vistazo a los perseguidores. Los dos bergantines aún estaban por detrás de ellos, pero había acabado sus maniobras de colocación y en poco tiempo estarían en paralelo, listos para empezar a acercarse y abordarlos. El galeón sin embargo lo estaba pasando mal. Su trayectoria directa lo había lanzado casi al interior de la turbulencia y estaba haciendo todo lo posible para evitarla virando a estribor, lo que lo sacaba de la persecución de momento.

La siguiente andanada del bergantín que tenían a babor fue fatídica. La vela de popa (que apenas había escapado del impacto en el castillo) y la mitad superior del palo de mesana volaron por los aires. La mayoría de la estructura se precipitó al mar, pero las cuerdas de la arboladura arrastraron a varios hombres e hicieron tambalearse a las vergas del palo mayor. Los pocos hombres que quedaban en cubierta corrían a asegurar la estructura y a intentar rescatar a sus camaradas cuando el mar estalló.

Allí donde se había iluminado de púrpura las aguas saltaron hacia el cielo en una explosión de vapor. El sonido de los cañonazos y los gritos fue sustituido por un descomunal chirrido. La tripulación de la Sirena Tuerta presenció en primera fila como la niebla de la explosión de agua se iluminaba con la ondeante luz de un gigantesco cuerpo en llamas. La nave se sacudió como un cascarón por la virulencia del agua desplazada, pero nadie fue capaz de apartar la vista de la gargantuesca criatura que surgía del mar.

Al principio sólo pudieron ver los anillos de su cuerpo serpentino, cubiertos llamas que parecían plumas. Ese fuego innatural provocaba un siseo continuo y una nube de agua evaporaba que rodeaba a la monstruosidad. Aquel ser imposible se revolvió en el agua que hervía por su propia presencia y volvió a chirriar. El aire se llenó de olor a podredumbre y bestia asomó la cabeza de entre sus interminables anillos para mirar a quien lo había convocado. Tenía el rostro de una serpiente pero acabado en un enorme pico negro y curvo. De la frente y los laterales de la cabeza le salían unos enormes apéndices prensiles del color del fuego. Los ojos eran dos ascuas, pero tan humanos como los de cualquier miembro de la tripulación. En cubierta, Kuminaj apenas se sostenía en pie. Tenía el cuerpo cubierto de una pátina roja, como si hubiera sudado sangre. Con un claro esfuerzo alzó la calavera contra la criatura farfullando algo en su idioma. A lo que la criatura contestó con otro atronador chirrido. Su pico se dividió en dos mostrando unas fauces verticales que lanzaron contra el barco toda la fetidez del infierno. Durante unos momentos los dos mantuvieron su desafío.

Fue entonces cuando el capitán volvió a tomar las riendas. Sacó a su contramaestre del estupor a gritos, ató los pies del prisionero con un cabo y entre los dos lo izaron. Con otro cabo lo ataron bocabajo al palo mayor. Se acercó a Kuminaj y le quitó la calavera de las manos. El indio seguía repitiendo su salmodia y mirando fijamente a la bestia, que se retorcía sacudiendo el mar. El capitán giró la calavera, para volver a convertirla en un recipiente y la colocó bajo el prisionero. Gritó algo a Kuminaj y este se fue acercando poco a poco, Willem no sabía si por precaución o por debilidad, sin apartar los ojos de la bestia. Sacó su cuchillo de algún lugar bajo la capa y le hizo un corte limpio al español sobre la mandíbula. El capitán y su contramaestre cruzaron una mirada desesperada. La sangre empezó a manar. Corrió por el costado de la cabeza, llenó pabellón de la oreja y siguió su camino hacia las sienes. Al final se lanzó desde la cabeza afeita hacia la calavera. Era obvio que la energía de Kuminaj se desvanecía por momentos, pero mantuvo el desafío hasta que la calavera estuvo casi llena. Entonces tiró de los clavos que tenía incrustados en los ojos y la sangre corrió por ellos hasta gotear sobre la cubierta.

En ese preciso instante el indio se desplomó. Willem esperó la arremetida de la bestia pero no llegó. La criatura cambió su chirrido por un siseo apagado y parpadeó varias veces mirando en su dirección. La nave seguía avanzando, alejándose poco a poco del lugar que vigilaba el monstruo sin que nadie fuera capaz de emitir el más mínimo ruido.

Los minutos se hicieron eternos. Los siseos de frustración y el ruido crepitante que hacía el agua al evaporarse contra su piel fueron interrumpidos por una andanada de cañonazos. Que para Willen fue como oír trompetas celestiales. La criatura salió de su desconcierto y abalanzó sobre quienes le atacaban con nuevo chirrido. El mar alrededor de la bestia se sacudió con violencia, pero la Sirena ya se había alejado lo suficiente como para que su pesada carga contrarrestase lo peor de aquel oleaje furioso.

-¿No nos ve? –preguntó el contramaestre en un hilo de voz.

-No, mientras la sangre fluya por los ojos de la calavera.

La distancia que se iba imponiendo y las sacudidas que daba el mar ayudaron a que el resto de los hombres espabilaran. El capitán dejó la calavera en manos de Willem, al que le asustaba más interrumpir el flujo que sostener el espeluznante fetiche, y fue a recoger el cuerpo de Kuminaj.

-Señores, aún no estamos a salvo. Hay trabajo que hacer –lo dijo con el aplomo y la trivialidad con que el que lo hubiera hecho después de acabar la carga en un muelle pesquero-. Tenemos que salir de aquí y el tiempo es limitado. Quiero a todo el mundo trabajando en el palo de mesana. Hay que asegurar las lonas mayores. ¡A trabajar! -llevó a Kuminaj en brazos a su camarote y volvió al rato para unirse a la faena.

Los indios que habían asistido en el ritual relevaron a Willen al cuidado del cráneo y él también se puso manos a la obra. La luna llena les permitió seguir trabajando durante la noche, lo que fue una bendición. Todos tenían los nervios estaban a flor de piel y agradecieron la oportunidad de hacer algo útil. El ritmo de trabajo era frenético.

En algún momento pudieron oír el enorme crujido de un armazón de madera cediendo a la presión. Pero al final los chirridos y los cañonazos fueron sonando cada vez más lejanos. El banco de niebla preñado de llamaradas se disipó en horizonte detrás de ellos mucho antes de que dejaran de vigilarlo.

La nave ganó algo de velocidad cuando consiguieron deshacerse de los restos de la mesana, que los seguía flotando unida aún a la arboladura por una maraña de cabos. Se cubrieron los huecos en la borda con barriles y se lanzaron al mar los restos de madera inservibles. La mayoría de los hombres estaba ocupado intentando zurcir las velas en medio de la travesía. Desde cubierta había destensar los cabos para que los que estaban subidos a la arboladura apañaran las lonas para aprovechar el viento al máximo. Mientras coordinaba al grupo el contramaestre hizo recuento de la tripulación. En medio del caos habían desaparecido media docena de hombres. No eran tantos si consideraba el infierno del que habían escapado.

Cuando el cielo comenzó a aclarar por el oeste la cubierta ya estaba en relativo orden. Algunos hombres se habían ido al catre y otros se sostenían apenas en pie obstinados en seguir vigilando el mar más allá de la popa. Willem se apoyó en la borda y aspiró el salitre que arrastraba el viento. Al fin entendió lo que le había dicho el capitán la mañana anterior. La tierra que se dibujaba bajo las primeras luces del oeste no tenía nada que ver con su Roterdam natal. El mismo mar sobre el que flotaban, había demostrado esa noche que respondía a otros señores. Aquel horizonte aserrado sobre el que el sol aparecería en unos momentos era una frontera. Había llegado allí con una flota militar holandesa pretendiendo modelar ese mundo según su limitado esquema de la cosas. La flota había tenido un destino nefasto, como no podía ser de otra forma. El mundo se había impuesto. Lo había cambiado y ahora entendía que seguiría haciéndolo.

La calavera había dejado de llorar sangre en algún momento de la noche, pero nadie tuvo los redaños suficientes para tocar el cadáver del español o retirar el fetiche. Al final, cuando el sol ya pegaba sobre la cubierta, dos indios ayudaron al capitán a descolgar el cuerpo y lanzarlo por la borda en medio del más absoluto silencio de la tripulación. La sangre se había extendido por toda la cubierta. Pasaron días antes de que el animo se aligerara lo suficiente como para darle agua y cepillo, pero para entonces la costra rojiza había impregnado la madera, tiñéndola para siempre.

El bergantín tardó dos semanas en llegar a un puerto amigo donde poder reparar los desperfectos. Para entonces ya había cambiado de nombre. Los indios habían sustituido la cabeza tullida de la sirena por el cráneo del ritual. El torso femenino lo cubrieron con la capa de plumas y pintaron de naranja las aletas y las escapas de la cola. Cuando entraron cargados de tesoros en puerto de Carelmapu el bergantín se llamaba “El Leviatán”.

Fin… por ahora

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2 comentarios en “A la luz de un nuevo mundo (IV)”

  1. y así acaba mi relato de piratas! disfruté muchísimo escribiéndolo y no descarto retomar las aventuras de Willen, Kuminaj y el Capitán.
    no lo comenté antes porque no salía hasta este capítulo, pero la propuesta de aquel taller que me dio pie para esta historia de piratas era la palabra “Clepsidra”… que ya veis en qué acabó.
    si habéis llegado hasta aquí me gustaría saber qué os ha parecido el ritmo en general, que en un relato tan largo era algo que me obsesionaba. y la trama, aparte de todas inexactitudes náuticas, je.
    la imagen de cabecera es la reproducción un mapa de Chile, la Tierra de Fuego y el Estrecho de Magallanes (muy cercad e donde transcurre el relato) de 1611 que venden en Etsy O_o
    un abrazo, nos leemos!

    pd. por cierto, el leviatán del relato es literalmente este, pero la calidad de la imagen era demasiado mala para ir en la cabecera y, además, era demasiado obvia 😉

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